Las copiosas y continuas precipitaciones registradas desde el otoño y durante el invierno en Andalucía están condicionando de forma significativa la campaña de los cereales de invierno, según recoge la Red Andaluza de Información Fitosanitaria (RAIF). Desde el punto de vista agronómico, el impacto es doble: positivo en términos de reserva hídrica del perfil del suelo y potencial productivo, pero claramente negativo en la implantación del cultivo, en la sanidad vegetal y en la logística de manejo del cultivo.

En numerosas comarcas cerealistas, sobre todo de Andalucía occidental, las precipitaciones persistentes han provocado tanto saturación hídrica del suelo, como encharcamientos, con consecuencias directas sobre la nascencia y la uniformidad del cultivo. En provincias como Córdoba se ha sembrado el 90 % de la superficie prevista, mientras que, en Cádiz se lleva sembrado el 85 % en la campiña de Jerez y solo el 40 % en la comarca de La Janda. La dificultad de entrada de la maquinaria está retrasando la realización de los abonados de cobertera, así como los tratamientos herbicidas, generando ventanas críticas de competencia temprana de malas hierbas.
Referente a la fenología, el estado dominante actual, en la gran mayoría de las parcelas, es “BBCH: 14-15” (4-5 hojas desplegadas). Las parcelas más tardías se encuentran en el estado fenológico “BBCH: 11-12” (1-2 hojas desplegadas), mientras que las más tempranas, están en “BBCH: 21” (Inicio de ahijado). El año pasado por estas fechas había ya parcelas en el estado más avanzado “BBCH: 29-30” (Fin de ahijado).
Desde el punto de vista edáfico, el exceso de humedad ha reducido la aireación del suelo, incrementando riesgos de asfixia radicular y favoreciendo procesos de lixiviación de nitrógeno mineral, con pérdidas significativas de fertilizantes nitrogenados aplicados en fondo o cobertera. En parcelas con un drenaje deficiente es previsible que el suelo se compacte debido a los encharcamientos, lo que a medio plazo perjudicará la conductividad hidráulica, limitando el desarrollo y la penetración de las raíces. Todo esto está provocando unas importantes pérdidas de plantas y heterogeneidad en la nascencia, lo que puede repercutir negativamente en la densidad final de espigas y por ende, en la producción final. Se estima que se pueda alcanzar la pérdida total del cultivo entre un 15 % y un 20 % de la superficie sembrada.
El exceso de humedad en el suelo puede favorecer también el desarrollo de patógenos de cuello y raíz como Fusarium spp. y Pythium spp., que afectan al sistema radicular y a la base del tallo, reduciendo la absorción de agua y nutrientes, debilitando las plantas y aumentando la susceptibilidad a otros estreses bióticos y abióticos. La presencia de estos patógenos se puede ver reforzada en suelos con drenaje deficiente, donde se generan condiciones anaerobias y estrés radicular que facilitan la infección. Por el momento no se observa presencia alguna de enfermedades aéreas (septoria, etc).
No obstante, desde una perspectiva fisiológica, la disponibilidad hídrica adecuada en fases tempranas del ciclo puede favorecer un ahijamiento intenso, mayor área foliar y potencial productivo elevado, siempre que la radiación y las temperaturas primaverales sean favorables y que no se produzcan episodios de estrés biótico o abiótico. La clave agronómica en el contexto actual reside en la gestión del nitrógeno (minimización de pérdidas por lixiviación y desnitrificación), la selección varietal con tolerancia a enfermedades foliares y encamado, y el ajuste del manejo del suelo para mejorar la infiltración y la aireación.
La evolución de la campaña dependerá críticamente de la transición hacia una primavera con régimen pluviométrico moderado, adecuada radiación y temperaturas templadas, que permitan consolidar el potencial de rendimiento generado en la fase vegetativa inicial.





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