La inteligencia artificial ya no solo amenaza el trabajo de contables, conductores o radiólogos. Ahora va a por los perros. Más concretamente, por los perros pastores, uno de los oficios más antiguos del mundo animal y, hasta hace poco, uno de los más a salvo de la automatización. El robot cuadrúpedo como auxiliar ganadero ha pasado de ser una curiosidad tecnológica a un prototipo que acumula horas de prueba en explotaciones reales, aunque el sector sigue sin tenerlo del todo claro.

La secuencia arrancó en mayo de 2020, cuando una empresa de software de robótica publicó un vídeo mostrando al robot Spot, desarrollado por Boston Dynamics, conduciendo un rebaño por terreno accidentado en Nueva Zelanda. El objetivo era demostrar que estos robots podían operarse de forma remota desde cualquier parte del mundo o funcionar de manera autónoma conectados a la nube. Las cuatro patas articuladas de Spot le permitían sortear terrenos irregulares y recuperarse solo tras una caída, ventajas evidentes frente a los sistemas con ruedas. Con todo, las imágenes mostraban también las limitaciones del prototipo: carecía de la velocidad necesaria para trabajar sin el apoyo de perros reales. El sector lo recibió con escepticismo. Los pastores consultados en aquel momento fueron contundentes: ninguna tecnología podía sustituir la relación con un perro pastor de carne y hueso. No era solo una cuestión sentimental. Los robots de entonces no resolvían los problemas prácticos del pastoreo real: velocidad, adaptación al comportamiento colectivo del rebaño, respuesta ante imprevistos.
Cuatro patas donde las ruedas no llegan
La apuesta por el cuadrúpedo frente a otras soluciones automatizadas tiene una lógica técnica difícil de rebatir: cuatro patas articuladas permiten sortear pendientes, piedras y barrizales que inutilizan cualquier sistema con ruedas, y el robot puede levantarse solo tras una caída. Es precisamente en ese tipo de terreno —el de la ganadería extensiva de montaña— donde la tecnología encuentra su mayor argumento y donde las soluciones convencionales de mecanización llevan décadas sin dar una respuesta satisfactoria. En España, el Grupo de Robótica de la Universidad de León lleva años desarrollando esta línea dentro del proyecto SELF-AIR, financiado a través de la convocatoria de proyectos de Transición Ecológica. El proyecto concluyó en noviembre de 2024, pero el equipo continúa avanzando para convertir el prototipo en una herramienta real disponible para los ganaderos de extensivo. Las pruebas se han realizado tanto en granjas experimentales de la Universidad de León y la Universidad de Extremadura como en explotaciones reales con pastores en su entorno habitual de trabajo.
El sistema integra varias funciones que van más allá del simple movimiento del rebaño. Un módulo de visión artificial, entrenado con más de 80.000 imágenes etiquetadas disponibles públicamente, permite identificar a las propias ovejas y detectar la presencia de posibles depredadores como el lobo. Ese dataset se construyó con imágenes enviadas por pastores de la zona, material obtenido en visitas al Centro del Lobo Ibérico de Castilla y León en Puebla de Sanabria y aportaciones de empresas colaboradoras. A ello se suma un sistema de análisis de imágenes satelitales basado en el índice NDVI, que permite identificar las zonas de pasto más verde del entorno y calcular hacia dónde debería dirigirse el robot para conducir al ganado. En paralelo, el equipo ha trabajado con entornos simulados mapeando localizaciones reales para mejorar la navegación en terreno irregular.
El lobo como argumento
El problema del lobo ha dado a estos desarrollos un peso específico que va más allá de lo tecnológico. Con cerca de 18.000 ataques registrados en España entre 1990 y 2025 según datos del Gobierno, la búsqueda de soluciones disuasorias no letales se ha convertido en una prioridad para el sector, especialmente tras la protección total del lobo ibérico al norte del Duero. Los investigadores han estudiado el comportamiento del animal ante distintos estímulos tecnológicos y han comprobado que los lobos son especialmente susceptibles al ruido de arranque de un dron, alejándose al escucharlo. Esa reacción sugiere que el robot cuadrúpedo, con su presencia física y sonora, podría tener capacidad disuasoria suficiente para proteger al rebaño sin intervención humana. Es precisamente en ese plano —la vigilancia perimetral y la disuasión— donde los investigadores ven más próxima una aplicación práctica, antes que en el pastoreo propiamente dicho, que exige una adaptación al comportamiento colectivo del ganado mucho más compleja y difícil de sistematizar.
Porque ahí reside la principal limitación que la tecnología todavía no ha resuelto del todo: las ovejas no son vacas, ni cerdos, ni pollos de nave. Son animales con un instinto gregario muy marcado, impredecibles en grupo, capaces de desencadenar una estampida por un estímulo que a cualquier observador humano le parecería insignificante. Cuando cuatro o cinco se asustan y echan a correr, el resto las sigue sin pensarlo. Enseñar a un robot a leer ese comportamiento colectivo, anticiparlo y reconducirlo con la naturalidad con la que lo hace un buen perro pastor es, probablemente, el reto más difícil que tiene por delante esta tecnología. La Universidad de Córdoba trabaja también en esta dirección con robots cuadrúpedos dentro de proyectos agrícolas propios, lo que apunta a un interés creciente y sostenido de la investigación española por encontrar respuestas.
El perro pastor de metal lleva cinco años buscando su sitio en el campo. Todavía no lo ha encontrado del todo, pero cada vez está más cerca. Lo que sí ha quedado claro en este tiempo es que la pregunta ya no es si esta tecnología llegará a la ganadería extensiva, sino cuándo y en qué forma. Las ovejas, por su parte, siguen mirando a los autómatas con la misma mezcla de curiosidad y desconfianza con la que llevan siglos mirando todo lo que se acerca al rebaño.



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