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Quien labra no lee, y quien lee no labra

22/05/2026

La biblioteca del Ministerio de Agricultura organizó esta semana visitas al público como parte de la Semana de la Administración Abierta, bajo un lema que lo decía todo: Más de un siglo de agricultura al alcance de tu mano. Quienes se acercaron el lunes o el martes al Paseo de la Infanta Isabel encontraron algo más que libros viejos: encontraron cinco siglos de intentos, más o menos ingeniosos, más o menos desesperados, por hacer llegar el conocimiento agrícola a quien más lo necesitaba y menos posibilidades tenía de buscarlo por su cuenta.

Hay una frase de Gaspar Melchor de Jovellanos, recogida en un informe de 1795, que resume siglos de política agraria española mejor que cualquier documento oficial: quien labra no lee, y quien lee no labra. La paradoja era real. El campo español era analfabeto. Y el Estado, fuera rey o ministro, lleva desde el siglo XVI intentando salvar esa distancia con los medios que cada época tenía a mano.

El sermón como clase magistral

El primer intento documentado tiene algo de gran proyecto de estado. Mucho antes de que Jovellanos escribiera su informe, el cardenal Cisneros ya había intentado resolver el mismo problema. Cisneros quería reunir todo el saber agrícola conocido — técnicas romanas, conocimiento árabe, prácticas italianas y francesas — en un solo libro escrito no en latín sino en castellano llano, para que lo pudiera leer cualquiera. Para conseguirlo, encargó el trabajo a Gabriel Alonso de Herrera y financió durante más de una década sus viajes por España, Italia y Francia, buscando manuscritos en bibliotecas y aprendiendo técnicas sobre el terreno. El resultado fue el primer tratado agronómico escrito en lengua vulgar en Europa. Cisneros costeó la edición y la repartió gratis entre los labradores.

Agricultura general que trata de la labranza… compuesta por Alonso de Herrera

El problema era que los labradores seguían sin saber leer. De ahí el párroco: la única figura presente en cada aldea, con autoridad moral y con capacidad lectora garantizada. Una hoja informativa llegaba al cura: el conocimiento bajaba del púlpito. En una España sin periódicos, sin escuelas rurales y sin caminos decentes, la red de parroquias era la única infraestructura de comunicación que llegaba hasta el último rincón del país.

La cartilla y el maestro de escuela

Fue precisamente ese informe de Jovellanos el que planteó por primera vez que una reforma agraria real pasaba por formar a los agricultores, y del que surgieron las cartillas rurales como herramienta. El canal había cambiado: del párroco al maestro. La ley estableció que la agricultura debía enseñarse como materia obligatoria desde las primeras letras. El fondo más antiguo que conserva la biblioteca del Ministerio data de 1822.

Para nutrir esa enseñanza, el Ministerio convocó concursos entre maestros de toda España para que propusieran sus propios modelos de cartilla agraria. La ganadora se publicaba y distribuía durante cinco años como manual obligatorio; los manuscritos perdedores quedaban archivados. Hoy se conservan decenas de ellos, escritos con letra apretada por maestros rurales de provincias que nunca verían su trabajo publicado. Todos seguían el mismo formato: preguntas y respuestas, el catecismo aplicado al surco. ¿Qué es el barbecho? ¿Para qué sirve el estiércol? Libritos muy sencillos, hechos para durar.

Cartilla ganadora de 1882

La hoja que llegó a todos

A principios del siglo XX, el Ministerio encontró el formato más exitoso de su historia: las Hojas Divulgadoras. Pliegos de cuatro páginas, redactados por agrónomos del Estado, que trataban un solo tema por número: cómo montar un semillero, cómo combinar el sulfato en un viñedo, qué hacer con la lana sobrante. Se editaban miles y miles de ejemplares que se enviaban a toda España, se repartían en ferias, en sindicatos, en ayuntamientos. Cualquier persona del medio rural, en cualquier momento del siglo XX, tuvo en algún momento una hoja divulgadora entre las manos. Estuvieron publicándose durante casi un siglo y el Ministerio las digitalizó completas con motivo de su centenario. Muchas son técnicamente obsoletas, pero como documento histórico de lo que preocupaba al campo español en cada década no tienen rival.

Hoja del servicio de extensión agrícola (enero 1960)

Una imagen vale más que mil palabras

A finales del siglo XIX, un ingeniero agrónomo del Ministerio llamado Leandro Navarro tuvo una idea que entonces parecía extravagante. Si el problema era llegar a una población que no sabía leer, el cine lo resolvía de un golpe: sin necesidad de descifrar una sola letra, el labrador podía ver cómo actuar. Sus primeros documentales mostraban fumigaciones de olivares con ácido cianhídrico. Eran películas de instrucción pura, sin pretensión artística, pensadas para que el hombre del campo entendiera sin que nadie le explicara nada. Hoy serían políticamente incorrectas por el trato a los animales, pero son el documento audiovisual más antiguo sobre divulgación agraria que conserva el Ministerio.

Aspecto del cine durante la celebración de la reunión

La idea prendió. Durante unos años, un vehículo cargado con proyector y bobinas recorrió los pueblos de España, montaba la pantalla en la plaza y proyectaba documentales sobre barbechos, semilleros o técnicas de poda. El experimento duró poco — la falta de fondos lo cerró — pero había demostrado que el cine funcionaba. El Ministerio terminó creando un servicio de cinematografía propio que produciría cientos de documentales a lo largo de décadas.

El marqués y la épica rural

La figura más representativa de ese cine agrario fue el marqués de Villacázar, que trabajó junto a José Neches para construir desde el Ministerio una obra documental sin precedentes. Sus películas no eran solo instrucción: eran también paisaje, relato, retrato de un país rural que estaba cambiando. En una entrevista explicó su filosofía con una claridad que no ha envejecido: «más eficaz que la lectura de un folleto, por muy sencilla que sea su expresión, es la proyección de unos metros de película, porque así el hombre del campo ve y oye al mismo tiempo lo que le interesa aprender». Toda su colección está accesible hoy en la web del Ministerio.

El extensionista que llegó en bicicleta

A mediados del siglo XX, al hilo de la Revolución Verde que llegaba desde Estados Unidos, se creó el Servicio de Extensión Agraria. España salía de una guerra civil y de años de autarquía que habían llevado al campo al borde del hambre. Había que producir más, llenar los graneros de trigo y además retener a las familias rurales en el campo para que no se despoblara. Los agrónomos del nuevo servicio viajaron a Estados Unidos a formarse; los técnicos americanos vinieron a España. Y de ese intercambio salió una generación de materiales didácticos con maquetaciones cuidadas, llenos de ilustraciones y láminas, que buscaban un equilibrio entre el lenguaje sencillo y el rigor técnico.

Diapositivas y cuadernillo

Los agentes llegaban a la plaza del pueblo con un proyector de diapositivas y unos cuadernillos impresos que explicaban, imagen por imagen, cómo montar un semillero de tomate o trabajar con la sierra de despejar. El PowerPoint de la época. El Servicio organizó sus materiales en torno a tres colectivos: el varón titular de la explotación, la mujer entendida como gestora del hogar — la titularidad femenina era prácticamente inexistente — y los jóvenes, para garantizar el relevo generacional.

De la plaza del pueblo a la pantalla del móvil

La descentralización autonómica, la entrada en la Unión Europea y la llegada de la PAC obligaron a replantear la estrategia formativa. La respuesta actual es una plataforma digital que agrega materiales del Ministerio con contenidos de universidades, comunidades autónomas y empresas privadas. El modelo es el de la autoformación: cada agricultor se forma a demanda, a su ritmo, según sus necesidades.

Cinco siglos de canales distintos — el púlpito, la cartilla, el documental, la diapositiva, la plataforma — y el diagnóstico de fondo no ha cambiado. Los colectivos a los que el Servicio de Extensión Agraria dirigía sus materiales en los años cincuenta son los mismos que hoy centran los debates sobre el relevo generacional: el titular que necesita formación técnica, la mujer que sigue peleando por la titularidad compartida, el joven que todavía no ha decidido si el campo es su futuro. Quizá el verdadero reto, como apuntaba alguien en la visita al archivo del Ministerio, no es llegar a quien ya ha decidido ser agricultor, sino a quien todavía no lo sabe.

Nuestro agradecimiento por tan interesante visita a la jefa de Archivo y biblioteca del Ministerio, Beatriz Contreras, jefa del Area de Documentación y Archivo del MAPA.

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