Con una nueva campaña de siembra a las puertas, la elección de la semilla vuelve a situarse en el centro de una decisión que puede marcar el resultado final de la explotación. Desde APROSE abordamos qué factores conviene tener en cuenta para reducir incertidumbres desde el inicio del cultivo.

Con la nueva campaña de siembra a las puertas, la elección sobre qué semilla escoger vuelve a ser una decisión clave para las explotaciones y se hace aún más evidente tras la última cosecha, la cual, ha estado marcada por notables diferencias de rendimiento entre las parcelas. Sabemos que la disponibilidad de agua, las elevadas temperaturas y las particularidades agronómicas de cada territorio han sido circunstancias clave para determinar los resultados y es por ello que se ha puesto de manifiesto una vez más la influencia que tienen las condiciones de partida y las decisiones adoptadas antes de que el cultivo llegue al campo.
Es cierto que sería un error atribuir esas diferencias entre zonas únicamente al clima, dado que las condiciones climáticas no explican por sí solas el resultado final de la temporada. Existen factores agronómicos que sí están bajo el control directo del agricultor y han resultado decisivos, empezando por la elección del material de siembra.
Es precisamente ahí donde cobra importancia la semilla certificada. Aunque ésta no evita el estrés hídrico ni las olas de calor, sí que posibilita partir de una variedad conocida y con unas características definidas, ya que permite la posibilidad de escoger el material más adecuado para las condiciones de su parcela, al tiempo que garantiza unos niveles de germinación y pureza que favorecen una implantación más uniforme.

Los riesgos del grano de reempleo
Frente a ello, desde APROSE recordamos que el uso de grano reutilizado induce a serias incertidumbres agronómicas, así como la pérdida de vigor, la mezcla varietal, la propagación de malas hierbas y la transmisión de patógenos que afectan directamente a la nascencia y al desarrollo inicial del cultivo.
Y estas incertidumbres también tienen una traducción económica. Una mala implantación puede obligar a aumentar las dosis de siembra, realizar tratamientos adicionales o incluso asumir el coste de una resiembra. Por ello, partir de semilla certificada permite reducir estos riesgos desde el inicio y mejorar el control de los costes asociados a la implantación del cultivo.
Además, la rentabilidad no depende únicamente de los costes de producción. También entran en juego las ayudas que pueden acompañar determinadas decisiones. En 2026 existen programas específicos que apoyan el uso de semilla certificada, es decir, un apoyo que refuerza el interés económico de apostar por una semilla que, desde el inicio, ofrece mayores garantías.
En definitiva, elegir semilla certificada es reducir las incertidumbres desde el primer momento y apostar por una mayor rentabilidad a largo plazo. Por ende, la adquisición de semilla certificada no debe entenderse como un gasto, sino como una inversión estratégica ya que se presenta como la mejor opción, tanto para el presente como para el futuro de nuestros campos y, en consecuencia, para garantizar la calidad y el rendimiento de nuestras cosechas.






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