El PE se posicionará mañana sobre la directiva que regula el uso de los biocarburantes clásicos, producidos principalmente a partir de cereales, azúcares y plantas oleaginosas como la soja, el girasol y la palma. El objetivo es acelerar la transición hacia una nueva generación de biocombustibles, fabricados con algas y algunos residuos, y así reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Los biocarburantes clásicos o de primera generación se obtienen a partir de especies de uso agrícola, como el maíz o la caña de azúcar, o plantas oleaginosas como la soja, el girasol y la palma.
El uso creciente de tierras agrícolas para la producción de estos biocarburantes afecta a las emisiones de gases de efecto invernadero. Por ello, la comisión de Medio Ambiente, donde es ponente Corinne Lepage (ALDE, Francia), propone que estos biocombustibles no supongan más del 5,5 por ciento del consumo energético final en el sector de transporte de la UE para 2020.
La comisión parlamentaria también es favorable a que los carburantes de segunda generación, producidos a partir de algas y algunos residuos, aporten al menos un dos por ciento del consumo total de energía en el sector del transporte en 2020.
Por otra parte, los eurodiputados abogan por tener en cuenta las emisiones de gas de efecto invernadero resultantes del creciente uso de tierras agrícolas para la producción de biocarburantes. Estas emisiones constituyen el conocido como cambio indirecto en el uso del suelo (ILUC) y los diputados defienden la inclusión de este factor en el cálculo de las reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero atribuibles a los biocarburantes.





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