Bruselas sirvió la semana pasada como punto de encuentro entre productores de Brasil y de varios países europeos en el Biosolutions Forum para hablar de un tema que empieza a colarse en cada vez más planes de cultivo: las biosoluciones.
Brasil vs UE
Brasil casi duplica a la UE-27 en superficie total (851 Mha frente a 425 Mha), pero cuando se mira solo la tierra de cultivo la comparación se invierte: la UE-27 suma más hectáreas (109,5 Mha) que Brasil (63,4 Mha). Aun así, Brasil registra una producción agrícola agregada mayor en toneladas (1.055,9 Mt frente a 639,4 Mt). Cabe matizar que es una cifra condicionada por el mix de cultivos —con un peso enorme de extensivos como soja, maíz o caña, que empujan el volumen total— y por calendarios más largos.
En esa misma fotografía, los indicadores agregados muestran una intensidad de uso de plaguicidas superior en Brasil (11,34 kg/ha frente a 3,26 kg/ha en la UE-27). Y es ahí donde las biosoluciones se están abriendo paso como alternativa para recortar dependencia de herramientas convencionales sin perder consistencia en campo, incrementándola incluso en muchos casos.
En ese contexto, Brasil se ha convertido en uno de los países donde las biosoluciones han escalado con más rapidez: el Ministerio de Agricultura brasileño ha señalado que cerca del 50% de los agricultores utiliza ya bioinsumos o productos biológicos. En Europa, empieza a asomar, aunque todavía no juega en la misma liga.
Este tipo de soluciones encaja en un contexto de transición hacia estrategias de manejo con menor impacto y más coherentes con los objetivos ambientales que se están imponiendo en la agricultura. Y, cuando se integran bien dentro del programa —no como sustituto inmediato, sino como pieza que refuerza suelo, raíz y fisiología del cultivo—, su adopción puede venir acompañada no solo de una reducción de dependencias, sino también de mejoras de consistencia e incluso incrementos de producción.
Pero… ¿por qué no las usa todo el mundo, si tan buenas son?
Para empezar, hay una diferencia clave en el modo de actuación. En una solución química, el resultado suele depender de que la materia activa llegue al objetivo en dosis y cobertura eficaces: una vez hay exposición, el efecto se explica principalmente por su propia acción, aunque la respuesta puede variar según el momento y el estado del cultivo. En una biosolución, en cambio, el resultado suele estar más ligado a procesos biológicos y fisiológicos del sistema de cultivo, de modo que depende más de la respuesta de la planta y de que las condiciones de aplicación acompañen para que el efecto se exprese.
A partir de ahí se entiende el primer freno: la eficacia. Cuando el resultado depende de que el microorganismo se establezca, de que el cultivo esté en la ventana fenológica adecuada y de que las condiciones acompañen, la variabilidad puede ser mayor que con una herramienta química de acción directa. Y de esa misma dependencia del contexto nace el segundo freno, el manejo: el producto no se impone al sistema; se integra en él.
El tercer freno, el precio, suele ser la consecuencia visible. Si la implantación exige más ajuste y más validación local, y el catálogo por cultivo y zona todavía es limitado, cuesta más estandarizar recomendaciones y el coste tarda más en ajustarse.
El freno regulatorio
En Europa, el gran freno para que las biosoluciones den el salto de escala no está solo en la parcela, sino en el calendario regulatorio. Para registrar un biopesticida o una solución de biocontrol, los plazos pueden alargarse entre 6 y 10 años en la UE, muy por encima de los tiempos habituales en otros mercados. En Brasil, por ejemplo, con un expediente sólido el proceso puede resolverse en torno a un año, y en otras regiones el registro suele moverse en ventanas de dos a tres años.
Ese desfase llega justo cuando el catálogo químico se va estrechando: una parte de las materias activas acaba fuera, otra queda bajo restricciones y solo una tercera parte logra mantenerse en condiciones normales.
La Comisión Europea ha intentado dar respuesta a ese cuello de botella con el llamado paquete ómnibus de simplificación, presentado a mediados de diciembre de 2025, con medidas orientadas a aligerar procedimientos también en sanidad vegetal y a facilitar el acceso de soluciones de menor riesgo, entre ellas biosoluciones y biocontrol. La lectura más optimista es clara: si el marco europeo logra acortar plazos y hacerlos más previsibles, el catálogo puede crecer con mayor rapidez, se acelera la generación de experiencia agronómica y se rebajan barreras que hoy frenan la adopción en campo.

«Es normal ser reticente»
El recorrido, en realidad, ya está marcado. Primero llegan las dudas: si va a funcionar igual, si exige más manos, si compensa. Esa reticencia, como apuntó el consejero delegado de Biotrop, Jonás Hipólito, es un punto de partida lógico: “es normal ser reticente: es una tecnología nueva y en el pasado hubo soluciones biológicas que no dieron el resultado que el campo necesita”. Después llega la experiencia: parcelas donde se repite, se ajusta y se entiende cuándo aporta de verdad.
Y, cuando el catálogo crece y las recomendaciones se vuelven más finas, las biosoluciones dejan de ser una rareza y pasan a ser una pieza más del programa, como cualquier herramienta que se ha ganado su sitio. En esa fase, lo que cambia no es solo la percepción, sino también el contexto: “ahora hay inversión, innovación y escala para demostrar eficacia y ajustar costes”, añadió Hipólito, en una idea que resume el salto que el sector quiere consolidar.
Europa está justo en ese tramo intermedio. Tiene el empuje regulatorio para reducir riesgos y el interés técnico para abrir alternativas, pero necesita que el engranaje permita aprender rápido y con volumen. Si el marco acompaña, el “andar” será más sencillo: más disponibilidad, más conocimiento práctico y más confianza para integrar estas soluciones sin promesas grandilocuentes, simplemente por resultados.




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