Son las seis de la mañana en algún lugar de Lugo. Un ganadero o ganadera que se llama José, o Isabel, o quizás Anxo, lleva dos horas despierto. No ha dormido bien, no duerme bien desde hace varias semanas, pero la vaca no entiende de insomnios ni de contratos leoninos. La cisterna pasará a recoger la leche a las ocho. El precio que le van a pagar por ese litro que ha costado sudor, gasóleo a 1,60, pienso carísimo y una hipoteca que no acaba, es siete céntimos menos que el mes pasado. Siete céntimos. El mismo margen que separa la supervivencia del desastre. No queda muy lejos la millonaria multa de la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia (CNMV) a varias industrias lácteas por el intercambio de información comercial sensible para coordinar precios y controlar el aprovisionamiento de leche cruda. La “mano invisible” del mercado y tal.

Mientras tanto, en Madrid, Santiago o Santander, alguien prepara una nota de prensa de corte institucional, acompañada de un par de fotos en torno a una mesa y una PPT con datos y estadísticas.
Hagamos la aritmética que nadie en el Congreso va a hacer en voz alta. En España quedan aproximadamente 8.000 explotaciones de vacuno de leche, ( la mitad que hace una década) . Ocho mil familias, ocho mil historias, ocho mil madrugadas. ¿Cuántos escaños representan? El politólogo Pablo Simón lleva años explicando algo que los partidos saben de sobra pero raramente confiesan: en democracia representativa, los sectores dispersos geográficamente, atomizados y sin músculo mediático propio rara vez consiguen alterar la agenda electoral de forma sostenida. Un ganadero en quiebra cierra la explotación en silencio y se va a trabajar a la fábrica más cercana, si la hay.
Ocho mil explotaciones. En términos de papeletas, estamos hablando de menos que el censo de un municipio mediano de Castilla y León. El sistema, que no es malvado sino perfectamente racional en su indiferencia, hace sus cálculos. Y el resultado de esos cálculos es la respuesta institucional que hemos visto en los últimos días: solemne, cordial y completamente inútil.
Gaspar Anabitarte, histórico ganadero cántabro y líder sindical de COAG, lo dijo ya hace más de una década a un conocido Secretario de Estado de Agricultura, tras la enésima reunión de la Mesa láctea sin soluciones concretas a la crisis del momento: “se nos va el tiempo haciendo mesas. Te recuerdo que no somos carpinteros, somos ganaderos”.
Esta mañana, millones de familias han desayunado un nutritivo vaso de leche sin ser realmente conscientes de que, tras esa bajada de unos céntimos que se van a encontrar en el lineal, está el proyecto vital de 8.000 Anxos y la soberanía alimentaria de un país.
Francia, Portugal, Alemania, Nueva Zelanda, Australia,… Cada vez, mas cerca de nuestras mesas, la “leche” que nadie quiere ver.





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